La gran encrucijada - Capítuto 3º
Hoy en día ya nadie debería tener dudas de que el cambio climático es algo muy real. Dejando a un lado algunos síntomas muy visibles (la ola de calor del verano de 2003 en Europa, la actual plaga de dengue en Sudamérica, etc) cuya relación directa podría ser discutible, existen datos más que suficientes que demuestran que desde el comienzo de la revolución industrial hasta nuestros días la emisión masiva de CO2 y otros gases de efecto invernadero ha provocado un calentamiento global. Sirva como ejemplo que entre 1995 y 2006 se registraron once de los doce veranos más calurosos de los últimos 156 años (no existen registros anteriores).
La mayor parte del aumento observado del promedio mundial de temperatura desde mediados del siglo XX se debe muy probablemente al aumento observado de las concentraciones de gases de efecto invernadero generados por la acción del hombre. Se ha comprobado que las concentraciones atmosféricas mundiales de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso han aumentado notablemente por efecto de las actividades humanas desde 1750, y son actualmente muy superiores a los valores preindustriales, determinados a partir de núcleos de hielo que abarcan muchos milenios.
La relación entre el consumo masivo de combustibles fósiles y la emisión de CO2 y otros gases nocivos es prácticamente directa. Por tanto una solución que limite el consumo de este tipo de combustibles llevará inequívocamente a una reducción del efecto invernadero. Merece la pena reseñar que más del 30% de las emisiones de este tipo de gases a la atmosfera está causada por el empleo de combustibles fósiles para la producción de energía eléctrica (datos Eurostat para la UE en 2006). Por otro lado el transporte por carretera genera casi el 20% de dichas emisiones.
La relación entre el consumo masivo de combustibles fósiles y la emisión de CO2 y otros gases nocivos es prácticamente directa. Por tanto una solución que limite el consumo de este tipo de combustibles llevará inequívocamente a una reducción del efecto invernadero. Merece la pena reseñar que más del 30% de las emisiones de este tipo de gases a la atmosfera está causada por el empleo de combustibles fósiles para la producción de energía eléctrica (datos Eurostat para la UE en 2006). Por otro lado el transporte por carretera genera casi el 20% de dichas emisiones.
Se prevé que para finales del siglo XXI la temperatura mundial suba entre 3º y 6º elevando el nivel de los océanos entre 40cm y 60cm si mantenemos nuestro modelo de consumo energético actual. Las consecuencias de estos cambios pueden provocar desde la desaparición de ciertas especies de animales y plantas a cambios graves en la pluviometría mundial que podrían afectar de manera trágica a la agricultura y al suministro de agua de la población.
Desde un prisma "optimista" hay que reseñar que todos estos fenómenos, si es que finalmente se cumplen las previsiones, ocurrirán mucho más tarde que el colapso en la producción de combustibles fósiles. Es probable que las fatídicas consecuencias de ese colapso hagan que se minimice el impacto medioambiental de la actividad humana (la que quede)... aunque a un elevado coste.
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