jueves, 23 de abril de 2009

La sociedad ante la crisis energética

La gran encrucijada - Epílogo

Seguramente la imagen que yace en nuestro subconsciente acerca del fin del petróleo tiene alguna similitud con la apocalíptica saga Mad Max: un mundo despiadado, inhospito, lobrego, decadente, prácticamente inhabitable y por todo lo anterior solo asimilable como ficción. Sin duda somos incapaces de concebir nuestro día a día sin electricidad, ni gas, ni transporte de ningún tipo y en definitiva sin un acceso ilimitado a la energía que necesitemos donde y cuando la necesitemos. Me gustaría pensar que seguiremos viviendo en un sociedad que tendrá todo lo bueno de la actual y alguna cosa menos de lo malo. Esperemos que, por una vez, la realidad no supere a la ficción...

En los distintos posts que forman "la gran encrucijada" he tratado de vislumbrar, desde mi subjetividad más objetiva, las futuras consecuencias que puede acarrear nuestro actual modus vivendi sustentado por los combustibles fósiles. Tras analizar los datos que he creído más fidedignos las conclusiones que he obtenido se podrían resumir en:
  1. Nuestra tendencia "natural" es crecer demográficamente y crecer en el consumo individual de energía también (ver capítulo 2º). Ni una cosa ni la otra son sostenibles en el tiempo.
  2. El fin del petróleo es algo que no verán nuestros nietos, sino nosotros o a lo sumo nuestros hijos (ver capítulo 4º).
  3. El cambio climático, si bien es un problema real y grave, está en un horizonte temporal mucho más lejano en comparación con el "fin del petróleo barato" (ver capítulo 3º).
  4. No disponemos de los mecanismos necesarios para atajar el problema a tiempo (ver capítulo 1º) debido a nuestra propia idiosincrasia social.
  5. No exíste el desarrollo sostenible (ver capítulo 5º).

Tras todo este largo (espero que no tedioso) argumentario la "gran conclusión" es ¿y entonces qué? ¿Va a cambiar algo? ¿Hay algo que podamos hacer? El factor común a prácticamente la totalidad de las soluciones viables es que todas ellas exigen un profundo, y seguramente doloroso, cambio social. Por su lado la sociedad en la que vivimos se mueve de forma reactiva, generalmente por terribles catástrofes, guerras, pandemias y cualquier cosa similar. Por tanto parece imposible que reaccionemos ante algo salvo que, literalmente, estalle en nuestras narices.

Los datos están ahí y es evidente que si no todas, muchas de las personas que disponen de capacidad real para acometer los cambios necesarios los conocen ¿Por qué no hacen algo? Sencillo... porque no pueden. La clase dirigente está atada y amordazada por la inercia del mercado libre. Es algo que nadie se atreve a parar por el riesgo de ser señalado como hipócrita, traidor o simplemente demente. Nada que le haga caer de su púlpito... nada que le haga perder su estatus. El punto de inflexión tendrá que surgir necesariamente de un impulso social. La única forma en la que la política y los poderes fácticos van a reaccionar es en respuesta a las presiones del ciudadano de a pie. La conciencia social es lo único que nos puede sacar del atolladero.

Por compleja que sea una revolución siempre hay un primer paso simple...

Delirios tecnológicos vs soluciones reales

La gran encrucijada - Capitulo 5º

En el fragor del pánico, provocado por el fin del petróleo "barato", surgen súbitamente gran cantidad de soluciones… unas milagrosas, otras ingeniosas, algunas directamente descabelladas. Sin duda discernir entre unas y otras no será sencillo, aunque si clave, si pretendemos salir bien parados de los retos futuros.

Considerando que las reservas de carbón son muy superiores a las de petróleo o gas podemos suponer que el suministro eléctrico se puede garantizar por mucho tiempo con una reconversión de las centrales térmicas actuales. Una vez dispongamos de suministro eléctrico ilimitado solo nos queda reconvertir nuestro “ilimitado” parque móvil a vehículos impulsados por baterías en lugar de emplear combustibles derivados del petróleo. Sin embargo nos surgiría un “ligero” contratiempo ya que las centrales térmicas basadas en el carbón emiten tres veces más gases de efecto invernadero que las de gas. Ningún problema, podemos aplicar medidas altamente ingeniosas como implementar sistemas que permitan la captura del CO2 de la atmosfera o incluso lanzar minúsculas lentes al espacio para reducir en parte las radiaciones emitidas por el sol consiguiendo un suave y “saludable” descenso de las temperaturas.

Dejando a un lado las ironías hay que asumir nuestras limitaciones tecnológicas. La ciencia progresó de manera exponencial en el siglo XX y sin duda seguirá dicha tendencia en este siglo. Sin embargo no podemos plantear un futuro basado en la esperanza de que la tecnología solucionara todos los problemas según estos vayan surgiendo. Un buen ejemplo de esta filosofía son precisamente los coches eléctricos basados en baterías. Según un artículo publicado por Kurt Zenz House y Alex Johnson el 20 de enero de 2009, optimizando las baterías de litio hasta su límite físico únicamente conseguiríamos que el rendimiento energético por kilogramo de dichas baterías fuese 25 veces menor que el de los combustibles fósiles. Esto es, para sustituir un depósito de combustible de 50 litros necesitaríamos 850 kilogramos de baterías de litio para obtener las mismas prestaciones y autonomía. Claramente esto no parece una solución razonable.

Existen por el contrario soluciones muy simples y al alcance de nuestras posibilidades tecnológicas actuales. Si consideramos como uno de los principales problemas el despilfarro energético producido por el trasiego diario de vehículos del lugar de trabajo al hogar y los consiguientes atascos (que maximizan el despilfarro) podemos aplicar una solución muy sencilla: no ir al trabajo. No estoy hablando de intentar batir un nuevo record en las cifras del paro sino en algo que, gracias a las nuevas tecnologías, es perfectamente viable: el tele-trabajo. Adicionalmente al combustible ahorrado en el desplazamiento habría que añadir el ahorro en la iluminación, limpieza y climatización del edificio que ya no sería necesario. Es evidente que no todos los trabajos pueden acogerse a esta medida, pero la tendencia actual permite vislumbrar que esta puede ser una medida muy beneficiosa.

Si aun así hubiese que desplazarse por la ciudad podríamos emplear vehículos mucho más ligeros que los actuales, similares a los ciclomotores pero con algunas ventajas de los vehículos de cuatro ruedas ¿Realmente necesitamos movernos con un vehiculo de entre 1.200 y 2.000 kilogramos para realizar un trayecto de unos minutos? En ese caso podría ser razonable utilizar alternativas como baterías o vehículos híbridos, que en ningún caso conseguirían convertirse en el deseado e inalcanzable “vehículo de emisiones cero”.

Una solución eficaz, aunque controvertida, es sustituir paulatinamente las centrales térmicas por centrales nucleares de fisión. Si bien podemos considerar que esto es arreglar un problema para crearnos otro (obtenemos residuos radioactivos en lugar de gases contaminantes) a corto y a medio plazo son un medio para la reducción drástica tanto del efecto invernadero como del consumo de combustibles fósiles. No podemos caer en la tentación de pensar que esto es una solución definitiva, ni mucho menos. Sin embargo es posible que los reactores de fusión, que aún se hayan en fase experimental, si consigan ser dicha solución. Es por tanto fundamental jugar esa baza mientras sea posible.

Existen otras muchas medidas que, si bien por separado no representan un impacto relevante, en conjunto puede detener la espiral en la que nos hayamos inmersos. La mejora en el aislamiento de las viviendas puede suponer no solo una mejora en el rendimiento de los equipos de aire acondicionado y calefacción sino un ahorro económico en las facturas de electricidad y/o gas. El transporte de mercancías por carretera puede ser sustituido por el ferrocarril en muchos casos. El incremento en el uso de energías renovables puede y debe ser promovido dentro de unos parámetro lógicos de eficiencia (por ejemplo las células foto-voltáicas no han empezado a ser energéticamente rentables hasta hace pocos años).

Sin embargo todas estas soluciones solo son en realidad parches considerando un horizonte de auténtica sostenibilidad. Las dos únicas soluciones reales que pueden sacarnos del atolladero al que irremediablemente nos dirigimos son: la reducción gradual pero continua de la población mundial y un cambio profundo del modelo socio-económico global. No existe el desarrollo sostenible, existe la estabilidad sostenible o a corto plazo la regresión sostenible. La tierra es un lugar finito con recursos finitos, por tanto nada nos puede hacer pensar que podemos tener un crecimiento demográfico infinito o que podemos emplear los recursos de manera infinita. Probablemente si el señor Adam Smith volviese al mundo de los vivos se ofendería de forma airada ante tal propuesta… pero ya no vivimos en la época de Adam Smith.

La gran encrucijada

La gran encrucijada - Capítulo 4º

En cualquier terapia de rehabilitación para adictos el primer requisito es reconocer que existe un problema. Los seres humanos somos adictos a los combustibles fósiles… esto es una realidad y es vital asumirla. Existen dos graves problemas relacionados con nuestra adicción:
  • Los combustibles fósiles son finitos y el colapso en su producción se producirá en el siglo XXI.
  • La tierra podría dejar de ser un planeta habitable para el hombre si continuamos la emisión desmedida de gases de efecto invernadero producidos por el consumo de dichos combustibles.

Sin lugar a dudas de estas dos afirmaciones la primera es mucho más inminente y plausible. Quizás a alguien le sorprenda su rotundidad, sin embargo existen varias teorías que la corroboran. Una de las que plantea una visión más apocalíptica del asunto es la teoría de Olduvai, propuesta por Richard C. Duncan en 2000. Esta está basada en los datos de producción de petróleo mundial los cuales muestran que en el año 1979 se produjo una inflexión en dicha producción, la cual desde 1930 se había incrementado de forma constante y ha presentado un paulatino descenso desde entonces. Dicho descenso, que en promedio anual ha sido del 1,79% (conocido como pendiente de Olduvai) culminará, según Duncan, en año 2030 en el que se producirá un colapso de la civilización tal y como la conocemos por la falta de suministro eléctrico y combustibles.

Otra visión que está generalmente aceptada, menos trágica aunque no menos inquietante, es la teoría del pico de Hubbert, también conocida como teoría del cenit del petróleo. Esta teoría predice que la producción mundial de petróleo, así como de otros combustibles fósiles, llegará a su cenit y después descenderá con la misma tasa con la que se incremento, resaltando el hecho de que el factor limitador de la extracción de petróleo es la energía requerida y no su coste económico como sostienen otras teorías. Esto es, cuando la obtención de un barril de petróleo requiera una energía cercana o equivalente a la proporcionada por dicho barril su obtención será fútil. Lo verdaderamente inquietante de esta teoría, que únicamente puede demostrarse una vez se ha alcanzado dicho cenit, es que el modelo sugerido por M. King Hubbert se ha verificado con una sorprendente similitud en aquellos países que han visto reducida su producción, como es el caso de los EE.UU.

Otras teorías hacen hincapié en que el excesivo consumo de petróleo se ve realimentado por el desmesurado crecimiento demográfico que se ha producido precisamente bajo el amparo de su uso masivo en la agricultura. Esta cita ilustra el concepto:


"La era del petróleo barato creó una burbuja artificial de plenitud, durante un periodo no mucho mayor que el de una vida humana: alrededor de 100 años… Por ello, me aventuro a declarar que en cuanto el petróleo deje de ser barato y las reservas mundiales se dirijan hacia el agotamiento, quedaremos repentinamente con un enorme exceso de población… que la ecología de la tierra no podrá soportar. No habrá programas de control de natalidad que sirvan de algo. Las personas ya están aquí. El viaje de vuelta homeostático a una población sin petróleo no será agradable. Descubriremos de forma abrupta que el gigantesco crecimiento de la población fue un simple efecto secundario de la era del petróleo. Fue una circunstancia, no un problema con una solución. Eso es lo que sucedió y estamos atrapados en ello."


James Howard Kunstler


Analizando todas estas teorías se podría pensar que la “gran encrucijada” se nos presentará dentro de veinte o treinta años, sin embargo el horizonte del colapso se encuentra preocupantemente más cerca. Imaginemos a un corredor del maratón que únicamente dispusiese de un litro de agua para toda la carrera. ¿Qué le diríamos si observamos que comienza a tirarse agua sobre la cabeza en el quinto kilómetro? Debemos usar la enorme cantidad de energía de la que disponemos en la actualidad en la investigación y fabricación de aquellos elementos que garanticen la sostenibilidad, entendida como un progresivo pero eficaz “desenganche” de los combustibles fósiles. Pero ante todo es necesario comenzar lo antes posible.


El ocaso de la era del petróleo se acerca...