La gran encrucijada - Capítulo 2º
Que la forma en la que consumimos energía actualmente no es sostenible es algo que todos intuimos. Sin embargo no es sencillo tener una aproximación cuantitativa de la gravedad de la situación. Para aquellos que necesitan datos y pruebas contundentes ahí va una buena ristra de estadísticas.
Como era de esperar el consumo de combustibles fósiles predomina claramente frente a otras fuentes de energía como la nuclear o hidroeléctrica. Existe una fuerte dependencia de dichos combustibles en los países del primer mundo donde se consume aproximadamente la mitad de toda la energía mundial. En contraste, gran parte de las reservas de dichos combustibles fósiles (61% del petróleo y 41% del gas) están concentradas en Oriente Medio, que apenas consume un 5,2% de la energía mundial.
Por otro lado se ha evidenciado un continuo incremento del consumo energético global a pesar de las notables mejoras en la eficiencia de los vehículos o de la producción de energía eléctrica. Concretamente en los últimos 15 años se ha incrementado el consumo energético en más del 50% mientras que el incremento de la población mundial en dicho periodo ha sido inferior al 40%. Esta aceleración del consumo energético respecto al demográfico surge de los cambios producidos en los hábitos de consumo de los países en vías de desarrollo en los últimos años. En este aspecto cabe destacar a China, la cual aumento su consumo un 7,7% tan solo en 2007.
Centrándonos en nuestra realidad más inmediata, la Unión Europea, se puede observar un claro distanciamiento de lo que pudiéramos considerar un modelo de consumo energético sostenible. Según el informe de Eurostat sobre los indicadores de energía, transporte y medio ambiente de 2008 se ha producido un incremento de la dependencia energética (expresado como porcentaje del combustible importado respecto al total empleado) del 44,1% al 53,8% entre 1996 y 2006. Concretamente se ha pasado a una dependencia del 43,5% al 60,8% en el gas, del 75,6% al 83,6% en el petróleo y del 23,2% al 41,1% en el carbón y derivados. Este aumento de la dependencia está producido tanto por un descenso en la producción, 30% en petróleo y 15% en gas en dicho periodo, como por un crecimiento del consumo, un 6% en total (2% en petróleo y 19% en gas). Si además tenemos en cuenta algunos factores que teóricamente deberían atenuar esta dependencia, como el pequeño descenso demográfico, las campañas de concienciación social sobre el uso de la energía o las mejoras tecnológicas en términos de eficiencia, el panorama futuro se presenta cuando menos inquietante. De hecho, únicamente Dinamarca sería capaz de mantener sus actuales cotas de consumo energético sin ayuda del comercio exterior.
Desgranando el consumo energético en la Unión Europea en el periodo 1996-2006 el transporte representa el 31,5% de la energía total consumida, del cual más del 81% es por carretera y el 14% aéreo. En total el aumento en el consumo de energía debido al transporte ha sido del 19%, con un 45% en el tráfico aéreo y un 17% en el rodado. Curiosamente en ese mismo periodo el tráfico ferroviario ha descendido en un 5%.
Mención aparte merece la forma en la que se produce energía eléctrica en la UE que, aún hoy en día, es considerada por algunos como inocua para el medio ambiente. En realidad el 58% de la energía eléctrica procede de centrales térmicas, la cuales se alimentan principalmente de gas y en menor medida de carbón y petróleo. Dentro de las fuentes renovables cabe destacar la energía hidroeléctrica con un 18% de la producción, ya que el resto en su conjunto representan únicamente un 6%. Dentro de las centrales térmicas hay que destacar que hay una notable diferencia entre aquellas que consumen gas y las que utilizan carbón. Las primeras son notablemente más eficientes tanto en rendimiento como en la emisión de CO2, concretamente una central térmica basada en gas emite 0,44 Kg de CO2 por cada KWh producido, mientras que una de carbón emite 1,45. Por desgracia las reservas mundiales de carbón son mucho más cuantiosas que las de gas.