jueves, 23 de abril de 2009

Delirios tecnológicos vs soluciones reales

La gran encrucijada - Capitulo 5º

En el fragor del pánico, provocado por el fin del petróleo "barato", surgen súbitamente gran cantidad de soluciones… unas milagrosas, otras ingeniosas, algunas directamente descabelladas. Sin duda discernir entre unas y otras no será sencillo, aunque si clave, si pretendemos salir bien parados de los retos futuros.

Considerando que las reservas de carbón son muy superiores a las de petróleo o gas podemos suponer que el suministro eléctrico se puede garantizar por mucho tiempo con una reconversión de las centrales térmicas actuales. Una vez dispongamos de suministro eléctrico ilimitado solo nos queda reconvertir nuestro “ilimitado” parque móvil a vehículos impulsados por baterías en lugar de emplear combustibles derivados del petróleo. Sin embargo nos surgiría un “ligero” contratiempo ya que las centrales térmicas basadas en el carbón emiten tres veces más gases de efecto invernadero que las de gas. Ningún problema, podemos aplicar medidas altamente ingeniosas como implementar sistemas que permitan la captura del CO2 de la atmosfera o incluso lanzar minúsculas lentes al espacio para reducir en parte las radiaciones emitidas por el sol consiguiendo un suave y “saludable” descenso de las temperaturas.

Dejando a un lado las ironías hay que asumir nuestras limitaciones tecnológicas. La ciencia progresó de manera exponencial en el siglo XX y sin duda seguirá dicha tendencia en este siglo. Sin embargo no podemos plantear un futuro basado en la esperanza de que la tecnología solucionara todos los problemas según estos vayan surgiendo. Un buen ejemplo de esta filosofía son precisamente los coches eléctricos basados en baterías. Según un artículo publicado por Kurt Zenz House y Alex Johnson el 20 de enero de 2009, optimizando las baterías de litio hasta su límite físico únicamente conseguiríamos que el rendimiento energético por kilogramo de dichas baterías fuese 25 veces menor que el de los combustibles fósiles. Esto es, para sustituir un depósito de combustible de 50 litros necesitaríamos 850 kilogramos de baterías de litio para obtener las mismas prestaciones y autonomía. Claramente esto no parece una solución razonable.

Existen por el contrario soluciones muy simples y al alcance de nuestras posibilidades tecnológicas actuales. Si consideramos como uno de los principales problemas el despilfarro energético producido por el trasiego diario de vehículos del lugar de trabajo al hogar y los consiguientes atascos (que maximizan el despilfarro) podemos aplicar una solución muy sencilla: no ir al trabajo. No estoy hablando de intentar batir un nuevo record en las cifras del paro sino en algo que, gracias a las nuevas tecnologías, es perfectamente viable: el tele-trabajo. Adicionalmente al combustible ahorrado en el desplazamiento habría que añadir el ahorro en la iluminación, limpieza y climatización del edificio que ya no sería necesario. Es evidente que no todos los trabajos pueden acogerse a esta medida, pero la tendencia actual permite vislumbrar que esta puede ser una medida muy beneficiosa.

Si aun así hubiese que desplazarse por la ciudad podríamos emplear vehículos mucho más ligeros que los actuales, similares a los ciclomotores pero con algunas ventajas de los vehículos de cuatro ruedas ¿Realmente necesitamos movernos con un vehiculo de entre 1.200 y 2.000 kilogramos para realizar un trayecto de unos minutos? En ese caso podría ser razonable utilizar alternativas como baterías o vehículos híbridos, que en ningún caso conseguirían convertirse en el deseado e inalcanzable “vehículo de emisiones cero”.

Una solución eficaz, aunque controvertida, es sustituir paulatinamente las centrales térmicas por centrales nucleares de fisión. Si bien podemos considerar que esto es arreglar un problema para crearnos otro (obtenemos residuos radioactivos en lugar de gases contaminantes) a corto y a medio plazo son un medio para la reducción drástica tanto del efecto invernadero como del consumo de combustibles fósiles. No podemos caer en la tentación de pensar que esto es una solución definitiva, ni mucho menos. Sin embargo es posible que los reactores de fusión, que aún se hayan en fase experimental, si consigan ser dicha solución. Es por tanto fundamental jugar esa baza mientras sea posible.

Existen otras muchas medidas que, si bien por separado no representan un impacto relevante, en conjunto puede detener la espiral en la que nos hayamos inmersos. La mejora en el aislamiento de las viviendas puede suponer no solo una mejora en el rendimiento de los equipos de aire acondicionado y calefacción sino un ahorro económico en las facturas de electricidad y/o gas. El transporte de mercancías por carretera puede ser sustituido por el ferrocarril en muchos casos. El incremento en el uso de energías renovables puede y debe ser promovido dentro de unos parámetro lógicos de eficiencia (por ejemplo las células foto-voltáicas no han empezado a ser energéticamente rentables hasta hace pocos años).

Sin embargo todas estas soluciones solo son en realidad parches considerando un horizonte de auténtica sostenibilidad. Las dos únicas soluciones reales que pueden sacarnos del atolladero al que irremediablemente nos dirigimos son: la reducción gradual pero continua de la población mundial y un cambio profundo del modelo socio-económico global. No existe el desarrollo sostenible, existe la estabilidad sostenible o a corto plazo la regresión sostenible. La tierra es un lugar finito con recursos finitos, por tanto nada nos puede hacer pensar que podemos tener un crecimiento demográfico infinito o que podemos emplear los recursos de manera infinita. Probablemente si el señor Adam Smith volviese al mundo de los vivos se ofendería de forma airada ante tal propuesta… pero ya no vivimos en la época de Adam Smith.

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